La ciencia cambia el precio del bosque
Sabemos ponerle precio a la tierra, a la madera y a una cosecha. Pero ¿cuánto cambia la cuenta cuando la ciencia y la inteligencia artificial nos permiten descubrir qué más podemos hacer con lo que vive allí? Mirar la Amazonía como una infraestructura de innovación obliga a revisar qué estamos vendiendo y qué negocios podríamos estar dejando fuera.

Una molécula en la saliva de un lagarto dio la pista para desarrollar la exenatida, un medicamento para la diabetes que, comercializado como Byetta, alcanzó ventas mundiales de más de 750 millones de dólares en 2008. A esa misma familia pertenece Ozempic, desarrollado a partir de una hormona humana, que en 2025, apenas ocho años después de su aprobación en Estados Unidos, generó unos 19.200 millones de dólares en ventas. Más de un millón cada media hora. Entre estudiar una molécula y alcanzar semejante negocio hubo ciencia, años y capital.
Ahora imaginemos a ese lagarto frente a alguien encargado de tasar un terreno. ¿Cuánto habría añadido su presencia al precio de la hectárea? Me temo que nada. Y por ahí empieza a hacer agua nuestra manera de calcular la riqueza.
La Amazonía alberga miles de especies de plantas, además de animales y microorganismos. Podemos identificar una especie sin conocer todavía las posibilidades de su química; entre ambas cosas caben años de investigación, pruebas, inversión y, eventualmente, un hallazgo capaz de transformar una industria. No sabemos cuántas habrá. Precisamente por eso investigamos.

Pensemos en el color de un alimento. Michroma utiliza hongos y fermentación de precisión para producir colorantes naturales. Y de ahí vayamos a una semilla: Puna Bio desarrolla bioinsumos con microorganismos que sobreviven en condiciones extremas. Algo que en la naturaleza permite resistir un ambiente hostil encuentra una aplicación agrícola. Ambas empresas latinoamericanas están construyendo negocios donde muchos de nosotros apenas habríamos visto un hongo o una bacteria.
El lagarto de nuestra historia tampoco es amazónico, pero la posibilidad de encontrar aplicaciones en lo que la naturaleza ya tiene nos concierne de lleno. Bolivia dispone de un patrimonio biológico extraordinario. ¿Estamos construyendo la capacidad de descubrir lo que podemos hacer a partir de él?

Con esa mirada abrimos el panel que moderé en el ALAS Summit, en UTEPSA, junto a Federico Viscarra, economista y doctor en Ciencias y Gestión del Cambio Climático; María Mercedes Roca, microbióloga y experta en biotecnología agrícola; y Ana Marietta Colanzi, directora ejecutiva de Fonabosque: la Amazonía como infraestructura de innovación. Vista así, la riqueza del bosque adquiere otra dimensión, que incluye tanto lo que produce hoy como aquello que nos permitirá desarrollar a medida que aprendamos a conocerlo.
Federico puso sobre la mesa el cacao silvestre y el asaí, y la conversación nos devolvió a sabores bastante más cercanos. Los conocemos, los consumimos, los vendemos. Aunque quizá conocerlos sea una afirmación demasiado generosa: una cosa es cosechar un fruto y otra estudiar sus componentes, desarrollar ingredientes o encontrar nuevas aplicaciones. A lo largo de ese recorrido crece el valor y se decide, también, quién se queda con él.

¿Y si una parte mayor de ese recorrido ocurriera dentro del bosque? Carlos Nobre y Amazônia 4.0 trabajan en esa dirección, acercando tecnología y formación a comunidades amazónicas para transformar cacao y cupuaçu. Federico se refirió a esa experiencia. En Surucuá, en la Amazonía brasileña, sus laboratorios creativos han trabajado alrededor de la producción de chocolate. El fruto puede salir del territorio con más conocimiento incorporado y con una participación mayor de su gente en el negocio.
Volvamos a esa hectárea de bosque que sigue en pie en la Amazonía boliviana. Mientras nos preguntamos qué podríamos descubrir en ella, ya produce alimentos, contribuye al ciclo del agua y ayuda a regular el clima. Que una parte de ese trabajo no tenga factura no significa que carezca de valor; cuando se pierde, los costos empiezan a aparecer por todas partes.
Por eso, cuando comparamos lo que rinde un bosque con lo que deja la ganadería o la soya, vale la pena preguntarnos si estamos haciendo bien las cuentas. Importan la producción, la rentabilidad, el empleo y quién compra lo que producimos. Pero ¿cuánto más podría rendir ese bosque si aprendiéramos a aprovechar las propiedades de sus plantas y microorganismos?
La inteligencia artificial puede ayudarnos a descubrir por dónde empezar. Al analizar moléculas y comparar sus propiedades, permite identificar cuáles merecen estudiarse por sus posibles aplicaciones. Luego habrá que comprobar en el laboratorio si funcionan como esperamos. Así podemos investigar con mayor precisión lo que las plantas y los microorganismos del bosque podrían ofrecernos.
Como va el desarrollo de la IA, en poco tiempo, podríamos estudiar la misma hectárea con herramientas muy superiores a las actuales. No haría falta que tuviera más especies para reconocer en ella posibilidades que hoy se nos escapan. Habría cambiado nuestro conocimiento y, con él, lo que podríamos desarrollar. Siempre que para entonces la hayamos conservado.

María Mercedes planteó cómo llevar los descubrimientos del laboratorio al mercado. Para convertir una molécula prometedora en un medicamento hacen falta años de pruebas, dinero y empresas dispuestas a asumir el riesgo. Todo ese esfuerzo explica buena parte del negocio. Al bosque le corresponde otro valor, el de conservar las posibilidades que la ciencia todavía tiene por descubrir. ¿Cuánto de eso tomamos en cuenta cuando le ponemos precio a una hectárea?
Mientras imaginamos los descubrimientos de la próxima década, una familia del bosque necesita ingresos para llegar a fin de mes. Conservar el bosque exige que quienes lo cuidan puedan ganarse la vida con él desde ahora, con productos que encuentren compradores e ingresos que lleguen a sus hogares.

Las iniciativas Bosque Farmacia y Paisajes Protegidos Productivos, que presentó Ana Marietta desde Fonabosque, buscan vincular la investigación de la biodiversidad y los conocimientos tradicionales con el apoyo a los negocios de las comunidades. Ese apoyo empieza por ayudar a dar forma al proyecto. Parece obvio, pero cuántas veces pedimos una propuesta impecable a quien necesita ayuda precisamente para prepararla. Después nos preguntamos por qué siempre acceden los mismos.
También importa quién se queda con las ganancias. Quienes conservan el bosque y conocen sus especies deben tener voz en las decisiones, además de recibir una parte de los beneficios. De poco serviría tanta tecnología si terminamos haciendo lo de siempre, sacar la riqueza del territorio para que el negocio lo hagan otros.
Por tiempo no pude cerrar el panel con una pregunta sobre la próxima década. ¿Qué debería decidir Bolivia hoy para que su biodiversidad se traduzca en investigación, empresas y mejores condiciones de vida?
Sin embargo, quedé pensando en aquel lagarto, en los hongos, en las bacterias capaces de sobrevivir donde casi nada sobrevive. Qué facilidad la nuestra para no intuir el valor de lo que apenas conocemos pero está ahí como información con millones de años acumulados.
¿Cuánto vale una hectárea de biodiversidad? Antes de ponerle precio, habría que saber qué estamos pasando por alto. No tengo duda de que, mucho antes de lo que imaginamos, la ciencia nos hará ver lo ciegos que fuimos al destruir lo que teníamos delante de las narices. Ahí podría estar el mejor negocio del mundo y también para el mundo.
Por Carola Capra.
Columna de opinión: Por Carola Capra · Última actualización 04/11/2026
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