Viernes , 19 enero 2018
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Economía 2017 a menor ritmo

En los últimos cuatro años Nueva Economía ha realizado balances anuales con distintos interlocutores según las particularidades que presentaba la economía. Cuando se advertían los primeros síntomas de un cambio de tendencia, las autoridades nos mostraron los escudos de los que disponía la economía nacional para protegerse.

Un año más tarde los analistas nos explicaron que la economía estaba cambiando de ciclo y que Bolivia tenía ciertas fortalezas que, bien administradas, podían mitigar los efectos del vendaval económico externo. Posteriormente los Doctores en Economía pusieron los puntos a las “íes” y nos hablaron de “desaceleración”, un término que hoy disgusta a más de uno.

Este año acudimos a los empresarios, aquellos que sienten en carne propia los vaivenes de la economía. Su conclusión es que la economía boliviana está creciendo a menor ritmo. Crecimiento positivo, pero cada año más lento. Así opinan los líderes empresariales de oriente y occidente (La Paz y Santa Cruz) que participaron en dos conversatorios, cuya riqueza temática tratamos de resumir en esta entrega.

Si bien cada región tiene su propia óptica según su dinámica económica propia, encontramos tres coincidencias plenas: crecemos a menor ritmo, la economía presenta indicadores que despiertan preocupación y la percepción de que corresponde actuar con celeridad para no lamentar desastres futuros.

Los empresarios de occidente confiesan que han tenido “un año difícil” por la combinación de problemas estructurales que afectan desde hace muchos años al aparato productivo nacional y por la aplicación de políticas erráticas que, a pesar de sus buenas intenciones, terminan generando efectos perversos.

El contrabando y la informalidad siguen siendo las piedras en sus zapatos. Los aumentos salariales los han desequilibrado y las políticas laborales han terminado de frenar sus intenciones de generar empleo de calidad. Contrariamente a lo que se esperaría, las políticas favorables a los trabajadores están más bien alimentando la informalidad.

Se sienten acosados desde el ámbito tributario con multas y sanciones que buscan compensar la reducción de ingresos fiscales y desde el ámbito normativo con disposiciones de todo tipo que distraen su labor productiva.

Les preocupa el deterioro de ciertos indicadores como el balance fiscal y el saldo comercial que están retornando a la fase en la que eran crónicamente deficitarios. Hay escepticismo sobre la sostenibilidad de un modelo basado exclusivamente en la inversión pública y en la demanda interna. Pero lo que más les incomoda es la poca receptividad que encuentran en las autoridades para encontrar soluciones a los problemas de competitividad del sector productivo. Las múltiples horas dedicadas al diálogo con el sector público han sido infructuosas.

“No estamos por buen camino”, afirman tras señalar que hay todavía algún margen de reacción para enfocar la economía por los rumbos de la diversificación, de la innovación y de la generación de empleo estable y de calidad, aspectos que contribuirían a mejorar la productividad y la competitividad. Pero saben también que cada día las oportunidades para reaccionar se pierden si no se toman oportunas decisiones.

Los empresarios del oriente del país están convencidos de que la economía boliviana podría haber crecido por encima del 4% que se estima para el 2017 si se hubiera aprovechado de manera racional la plataforma productiva existente y de haber ingresado en fase de ejecución los ambiciosos proyectos de infraestructura, energía y productivos que, en cierto momento, el sector público acordó con el empresariado cruceño.

No se requería cosas extraordinarias. Con iniciativas ya convenidas como la producción de alcohol etílico, la mejora en la producción de soya o la introducción de biotecnología, el PIB nacional podría haber ganado dos o tres puntos adicionales con lo que podría haber bordeado el 7%. Lamentablemente, ni elproyecto Rositas, ni el hub aéreo de Viru Viru, ni la hidrovía registran significativos avances, lo que deja como saldo una profunda frustración.

Preocupa el desempeño del sector del comercio externo –cuyo saldo arroja cifras rojas por tercer año consecutivo- porque está afectando a los cultivos que generan más ingresos, después del gas y de los minerales, y a las ventas no tradicionales, que se caracterizan por generar mayor empleo y más valor agregado.

El sector agropecuario, si bien ha podido recuperar algunos de sus niveles que se deterioraron el año precedente, debido a factores climáticos, requiere de un respaldo de las autoridades para no ingresar en una fase crítica: permitir la libre exportación, autorizar las semillas transgénicas y señales claras para la inversión.

La construcción –uno de los sectores más dinámicos de los últimos años- ya siente los efectos de la baja en el ritmo del crecimiento y demanda la inclusión de las empresas nacionales en las grandes obras públicas que están en ejecución y cuyo diseño pareciera estar dirigido a favorecer a las constructoras extranjeras.

acerca Juseline Duran

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