Miércoles , 16 agosto 2017
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Las brechas del mercado laboral para la mujer

Carolina Taborga, Representante de ONU Mujeres.

La participación de la mujer en el mercado laboral ha tenido una creciente expansión en la última década como resultado de la bonanza experimentada por la economía nacional. Las estadísticas nacionales muestran que hay más mujeres ocupadas y que el desempleo abierto femenino ha disminuido.

Sin embargo, no se advierte que en el mismo período se hubieran registrado cambios sustanciales en la estructura del empleo femenino, pues persisten importantes brechas en cuestión de ingresos y acceso a oportunidades. El empleo para la mujer continúa siendo muy vulnerable y deberían corregirse varias brechas para permitir su empoderamiento económico. Las cifras revelan que siete de cada diez mujeres trabaja en el mercado informal, que el 64% no tiene cobertura de seguro médico, que el 78% no está afiliada a las AFPS y que algo más de la mitad (55,6%) gana por debajo del salario mínimo. La actividad femenina más desprotegida es la del trabajo doméstico donde difícilmente se llega al salario mínimo, pese a las favorables regulaciones aprobadas  para este sector.

El trabajo femenino está vinculado sobre todo a los sectores de comercio y de servicios, mientras que los varones se relacionan primordialmente con ramas tradicionalmente masculinas como el transporte y la construcción. Los datos sobre la actividad agropecuaria son más cuestionables, pues si bien aparece más asociada a los varones, la experiencia muestra que la participación de la mujer en labores agrícolas es significativa, aunque a la hora del relevamiento de datos, ellas aparezcan dedicadas a las labores del hogar y los varones a la labor productiva.

El escenario descrito obliga a formular políticas públicas que faciliten el acceso de las mujeres un mercado laboral donde gocen de la cobertura de los beneficios sociales de un trabajo digno, remarca Carolina Taborga, Representante de ONU Mujeres para Bolivia y Paraguay.

Sin lugar a dudas, la brecha más importante en el trabajo femenino es la salarial. Taborga precisa que, en promedio, los varones ganan 50% más que las mujeres. Esta brecha varía de acuerdo a los sectores. Datos del censo del 2012, que no difieren mucho del 2016, muestran que en el sector primario de la economía (explotación de recursos naturales) los hombres ganan cuatro veces más que las mujeres; en el sector secundario (manufacturas) la diferencia es de dos veces; mientras que en el sector terciario (servicios) la brecha es de 1,5 veces.

El 70% de las mujeres trabaja en el sector informal. El 64% no tiene cobertura de seguro médico y el 56% gana menos del salario mínimo.

Taborga agrega que,  en  el  área  urbana,  las mujeres reciben en promedio 979 bolivianos mensuales menos que los hombres en el sector empresarial, 699 bolivianos menos en el sector estatal y 457 bolivianos menos en las actividades domésticas. En el área rural la brecha salarial es aún más profunda: en el sector empresarial las mujeres ganan en promedio 2.824 bolivianos mensuales menos que los hombres   y a nivel familiar esa diferencia es de 396,57 bolivianos en contra de las  mujeres.

Aunque la situación suele ser relativamente común a todas las damas, la ONU distingue tres tipos de mujeres donde las brechas varían de acuerdo a las condiciones socioeconómicas. En primer lugar están las mujeres con estudios y mayores posibilidades económicas (caracterizadas como “techos de cristal”) que tienen mejores condiciones para resolver los problemas. Luego se sitúan las mujeres que iniciaron procesos de empoderamiento pero que se ven limitadas de avanzar por una serie de barreras (tipificadas como “escaleras rotas”). Finalmente están las mujeres con menores ingresos que tienen menos oportunidades de acceso al mercado laboral por su condición de pobreza (signadas como mujeres de pisos resbaladizos). Las brechas tienen además relación con la edad (jóvenes y adultas mayores) e incluso con las condiciones urbano-rural y con la  pertenencia étnica de las  mujeres.

Taborga explica que las oportunidades laborales y las condiciones salariales de las mujeres están condicionadas por la percepción de los empleadores respecto a que la parte pro- ductiva podría verse afectada por las tareas domésticas que ellas desempeñan. La ONU plantea la corresponsabilidad entre varones y mujeres en las labores domésticas (lavado de ropa, preparación de alimentos y cuidado de niños, ancianos y enfermos), lo que se conoce como economía del cuidado.

La ONU colabora a gobiernos y empresas en la formulación de planes de igualdad de oportunidades que definan acciones específicas sobre la economía del cuidado, políticas de promoción femenina y presencia de la mujer en instancias de decisión, factores que los habilitarían para recibir un sello de equidad.

El crecimiento sostenido que registró América Latina en la última década, debido al período de bonanza de las materias primas, posibilitó  una  significativa  reducción de la población en condiciones de pobreza. En Bolivia esa disminución llegó al 50%. Sin embargo, no se trata de una salida definitiva, menos aún en momentos en que la tendencia económica es la baja, lo que genera riesgos de revertir los logros conseguidos. Por lo tanto, uno de los retos para las economías emergentes es diseñar mecanismos de protección para las personas que en los últimos años salieron de la pobreza, pero que todavía viven en situaciones de vulnerabilidad que hacen temer su retorno a condiciones primigenias  de pobreza, anota Taborga.

ONU Mujeres presenta varias recomendaciones y conclusiones en un reciente informe sobre el empoderamiento económico de las mujeres. Subraya que “todas las mujeres deberían poder disfrutar de su derecho a un empleo decente” y que “las economías que benefician a las mujeres benefician a toda la sociedad”.

Son necesarias políticas públicas que faciliten el acceso de las mujeres al mercado laboral en condiciones dignas.

Sugiere que para acelerar el progreso en materia de empoderamiento económico de las mujeres se necesitan con carácter urgente políticas “que permitan reducir y redistribuir el trabajo no remunerado, por ejemplo, mediante el aumento de empleos remunerados en la economía asistencial, y alentar a los hombres a compartir el trabajo de cuidado y el trabajo doméstico. Invertir en sistemas que proporcionen agua, electricidad, transporte y otras necesidades básicas para reducir el trabajo doméstico”.

Indica que si las mujeres desempeñaran una función idéntica a la de los hombres en los mercados laborales, el PIB anual podría aumentar en 28 billones de dólares (un 26%) de aquí a 2025. Se señala que la falta de protecciones sociales tiene repercusiones a largo plazo para las mujeres. Por ejemplo, en todo el mundo, hay menos mujeres que hombres que reciben pensiones, lo que redunda en un mayor número de mujeres mayores que viven en la pobreza.

Cuando las mujeres tienen igualdad de oportunidades, pueden realizar contribuciones sustanciales para la sociedad y la economía. Por ejemplo, si se multiplicara por dos el ritmo al que las mujeres adquieren habilidades informáticas, podríamos alcanzar la igualdad de género mucho más rápidamente de lo que auguran las predicciones actuales.

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