Jueves , 23 marzo 2017
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Estúpida Ecología

Al padre del actual presidente Bush lo llamó “estúpido” y ganó la presidencia de EE.UU. Carismático y con gran don de la palabra, Bill Clinton entró a la Casa Blanca haciendo énfasis en la economía. Dieciséis años más tarde, por hacerse la burla de su sugerencia que inflar bien las llantas de un vehículo reduce su consumo de gasolina en 3%, Barak Obama llama a sus oponentes “ignorantes”. Otro tema electoral que evoca a “estúpido” – adjetivo protagonista del presente artículo – son aquellos que llevan a cabo la labor de pasillo para avanzar intereses particulares, conocidos como “lobbyists”. Estos cabilderos ejercen un derecho fundamental de la democracia: El derecho que tiene todo ciudadano, grupo de interés o corporación de solicitar al Gobierno una compensación por habérsele negado un derecho legal o causado una injusticia. Este derecho no es absoluto y el Gobierno no está obligado a conceder una audiencia a todo aquel que pretenda reclamar se rectifique una ilegalidad. Como suele suceder en todo tipo de diseño constitucional, los que ostentan el poder acaban teniendo más derechos que otros.

En Bolivia el poder que confiere favoritismos es un poder político. En EE.UU. el que resulta ser muy elocuente en ese sentido, su voz la más cristalina, es el dinero. Los cabilderos más efectivos, por ende, son aquellos que representan a grandes corporaciones. Sus profundas billeteras y donaciones a las campañas políticas de diputados y senadores abren puertas y afinan el oído de los que fueron elegidos para defender los intereses del pueblo. El pueblo norteamericano, sin embargo, está harto que su voz sea opacada por los intereses particulares de los capitanes de la industria. Ambos candidatos a la presidencia de EE.UU. han prometido limitar la influencia de los cabilderos privados. “Sus días están numerados”, exclama convencido John Mc Cain. Su contrincante en la izquierda, Barack Obama, le contesta señalando que el jefe de campaña de McCain y varios en su equipo son los más grandes cabilderos de Washington. “¿John Mc Cain les va a decir a aquellos que manejan su campaña electoral que sus días en Washington están contados?”, pregunta retóricamente Obama. Agrega con gran saña, “¡Deben creer que ustedes son unos estúpidos!” La que resultó ser la estúpida, sin embargo, es la ecología.

Cuando Karl Marx pronosticaba el fin del capitalismo, nunca se imaginó que el desarrollo industrial pondría en peligro la existencia humana. Tampoco imaginó que el éxito económico del capitalismo engendraría una crisis existencial con el potencial de avanzar el designio humano de romper las cadenas de una embrutecedora sociedad de consumo mucho mejor que el conflicto de clases. La posibilidad de un nefasto y catastrófico destino compartido, después de todo, es mucho más efectiva en amalgamar a los diferentes grupos sociales, que apelar a una conciencia sectorial. En la medida que el imperativo del permanente crecimiento industrial del capitalismo requiere reproducir autómatas con insaciable apetito de juguetes electrónicos, ciegamente dirigidos al abismo del calentamiento global, los días del capitalismo también están numerados. Es decir, Marx no pudo anticipar el potencial revolucionario de una conciencia humana – no de “clase” – que impulse al ser humano a tomar control del aparato productivo, eliminando la propiedad privada industrial no en nombre de la justicia social, sino de la supervivencia física del planeta. Una vez que el imperativo ecológico haya derrotado el aparato industrial militar, nuestra especie podrá por fin marchar jubilosa hacia un mundo sin jerarquías, en perfecta armonía con la madre Tierra. Pero en lugar de ser cómplice de la liberación humana, resulta que la ecología se está convirtiendo en la mejor aliada de la economía de mercado.

El olor del desarrollo industrial del siglo XX es a carbono quemado, ya sea en las eternas carreteras de asfalto, o los desechos que escupe el mayor objeto del deseo de consumo y nuestra más cotizada pertenencia. El automóvil – y las redes viales que fueron a la vez conductos de sangre y sistema nervioso de la sociedad – son el icono de la modernidad y su más trascendental mercancía. Sin el vehículo el milagro económico de la post guerra jamás hubiese sido posible. Alemanes y japoneses mantuvieron intactas estructuras fascistas en sus economías, una complicidad entre Estado y empresas estratégicas fabricantes de automóviles, para invertir en investigación y desarrollo de tecnologías que permitieron avanzar sus aparatos industriales, importando acero para luego exportarlo con gran valor agregado.

Los EE.UU. son los que más combustibles fósiles han quemado en la historia. Sus grandes Hummers son símbolo de opulencia y total indiferencia a la “huella fósil” que dejan sobre el planeta aquellos que tienen más poder y menos conciencia. Parecía que la madre Tierra, mediante su hija favorita, la ecología, por fin castigaría a la codicia y lujuria de consumo desenfrenada de los cerdos capitalistas. La industria norteamericana de Detroit parecía destinada a seguir el mismo destino que los microorganismos que proporcionaron hace millones de años la materia prima con el cual se impulsa estos monstros cuadrados de metal. El precio de la gasolina subió abruptamente, poniendo nervioso a los mercados y ciudadanos por igual. Debido a que los grandes vehículos consumen este precioso bien cual alcohólico de vacaciones en el Caribe, se ha precipitado la crisis más profunda jamás experimentada por la industria automotriz norteamericana. ¡Dulce venganza!

Transformar la flotilla actual de vehículos a coches inteligentes que utilicen las fuentes de energía del futuro representa un gran negocio. Aquella nación que primero desarrolle motores de hidrogeno, eléctricos, energía solar o de viento eficientes, a la vez de mejores reactores nucleares para vendérselos (entre otros) a Irán, será líder de la nueva revolución industrial. En lugar del apocalipsis del capitalismo, con una gloriosa transición a una economía provincial y autárquica que elimine no sólo la sociedad de consumo, sino miles de millones de seres humanos que han plagado inútilmente el planeta, tendremos una nueva post guerra, sin fundamentalismos religiosos, terrorismo o hambruna generalizada. En lugar de destruir el capitalismo, la ecología se ha de encargar de encontrar un equilibrio entre mercado y Estado, con los gobiernos de naciones industrializadas colaborando con el sector privado para desarrollar energías verdes. En lugar de una utopía centralizada que nos libere de nuestros bajos apetitos, tendremos una era de crecimiento económico y prosperidad jamás vista en la historia de la humanidad. En lugar de cabilderos en Washington luchando por el coche eléctrico, la ecología ha de utilizar las fuerzas del mercado para desatar una verde revolución. ¡Estúpida ecología!

Pero algo sucedió en camino a la redención humana. La ecología, en lugar de aliarse a nosotros los desafectados por la metalizada modernidad, prefirió apostar a las leyes del mercado. Con el conocimiento básico hecho público en Google y armados de poderosas computadoras, en lugar de ingenieros en Toyota y Volkswagen desarrollando cada vez mejores automóviles, ahora existen cientos de miles de individuos que afanadamente intentan desarrollar las tecnologías y motores del futuro. Teorías de conspiración de “quién mató al coche eléctrico” a un lado, la seguridad nacional de los EE.UU. ahora depende de su seguridad energética. Lo peor de todo es que independizarse del yugo de Irán y Venezuela ahora no sólo es una manera de proteger su economía, sino que resulta también ser el alba de la nueva revolución industrial: La era de la tecnología energética.

Los chinos se quejan amargamente que los norteamericanos tuvieron 120 años para contaminar el planeta, por lo que ahora les corresponde el turno. Thomas Friedman se jacta de encrespar primero al intérprete y luego al interlocutor cuando les contesta, “ensucien todo lo que quieran. En menos de una década les venderemos la tecnología que les permita nuevamente respirar”. Una de las características de una economía de mercado es que asigna recursos en respuesta a incentivos reales, y no a la gran imaginación o poderes clarividentes de los gobernantes. Las nuevas tecnologías ecológicas están siendo desarrolladas en este preciso instante. En un abrir y cerrar de ojos – evolutivamente hablando – tendremos motores a los que deberán añadirles ruido (similar a añadir olor para identificar escapes de gas) para evitar que los ciegos sean atropellados intentando cruzar la calle.

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