¿Cómo administrar la bonanza?
abril 22, 2007 | Categoría: Nota Central | Ver el índice completo de la Edición Nro 671Por Gerardo Bustillos H.
Pasado el primer trimestre del año, la economía percibe una abundancia de recursos pero su gestión es tan compleja como administrar la pobreza. Todo un desafío para el país.
El aporte de prestigiosos economistas en la mesa redonda convocada por Nueva Economía
Si hasta hace pocos años el problema de la economía boliviana era administrar sus escasos recursos, el problema en la actual coyuntura es más bien cómo administrar la bonanza generada por un mayor volumen de ingresos, fruto de los mejores precios internacionales, de un creciente flujo de remesas y de las modificaciones tributarias en materia petrolera.
Ahorrar o gastar es el dilema que se presenta para quienes tienen a su cargo la conducción de la economía, en un contexto donde los principales indicadores macroeconómicos gozan de una envidiable salud, pero donde también se percibe una falta de gestión, atribuible precisamente a la ausencia de una decisión referida al uso de los excedentes que hoy tiene nuestra economía.
Es el criterio coincidente expresado por cuatro prestigiosos economistas reunidos en Nueva Economía para esbozar un balance del comportamiento económico del primer trimestre. Ellos son los ex ministros de Hacienda Waldo Gutiérrez y Luis Carlos Jemio, el Superintendente de Empresas, Rolando Morales y el Director del Banco Central, Oswaldo Nina.
El diálogo puso en evidencia la paradoja de la economía boliviana que hace poco buscaba mecanismos para aprovechar de manera más eficiente sus escasos recursos, mientras que ahora no tiene muy clara la figura de qué es lo que va a hacer con un flujo adicional de ingresos, que le ha permitido alcanzar un superávit fiscal sin precedentes. Administrar la bonanza es tan complejo como administrar la pobreza, señala con certeza alguno de los invitados.
Las propuestas de solución son variadas. Por un lado se sugiere hacer uso de esos recursos adicionales, aumentando la inversión pública, haciendo alianzas estratégicas con el sector privado bajo el criterio de que hay que aprovechar esta “oportunidad de oro” para sentar las bases de un desarrollo sostenible. Por otro, se propone la creación de un Fondo de Estabilización que permita encarar en el futuro un probable período de “vacas flacas”, teniendo en cuenta el carácter cíclico de los períodos económicos y que a una época de bonanza le sigue otra de crisis.
El dilema es tal que el propio Rolando Morales, Superintendente de Empresas dice, sin ambages, que la actual administración debería buscar un asesoramiento apropiado que le oriente en la mejor forma de gastar los ingresos adicionales.
Hasta el momento, como una reacción instintiva, las autoridades económicas optaron por una política fiscal conservadora. En parte también por la falta de un proyecto definido de gasto público.
La decisión no es fácil. Si se toma la opción de gastar más, será necesario contar con el respaldo de un aparato institucional que permita alcanzar niveles de eficiencia. Un reto importante, considerando que Bolivia ya no cuenta con esa estructura institucional adecuada, desmantelada por las reformas de los años noventa (tómese como ejemplo la disolución de las Corporaciones Regionales de Desarrollo) y afectada por recientes decisiones como la disminución salarial que provoca que el sector público se esté quedando sin técnicos cualificados, en cuya formación profesional invirtió el Estado. La opción exige además tender puentes con las regiones para coordinar proyectos e inversiones, en un momento caracterizado más bien por pulsetas de poder entre el gobierno y aquellos departamentos con Prefectos que no tienen filiación masista y que, paradójicamente, son los más beneficiados con las rentas petroleras.
Incluso se advierte cierto escepticismo ante las futuras operaciones del Banco de Desarrollo, pues las entidades financieras nacionales preferirán colocar sus propios recursos antes que los fondos del BDP que tienen tasas preferenciales.
Además se debe tener en cuenta la calidad del gasto, de tal manera que los recursos excedentes puedan tener un impacto positivo en la ciudadanía y en la economía en general y no se destine al gasto corriente. Para esto se recomienda un sistema de evaluación de la calidad del gasto, sobre todo porque en situaciones de abundancia, existe mayor tendencia a gastar sin considerar la conveniencia económica de esas erogaciones, a tal punto que se aumenta salarios o se aprueban bonos y pagos extraordinarios.
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